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Sunday, February 14, 2010

Un árbol para esconder mariposas


(Chiqui Mendoza: Brujo disfrazado con hojas)


Por Manuel Salvador Gautier

Capítulo 3
.Él.
Infancia


Siso dijo que yo tengo la sensibilidad para ser hungán y me asusté. Como hago cada vez que debo pensar, me toqué los dientes delanteros con el dedo índice y me mantuve quieto, sentado en el piso de tierra, aparentando una tranquilidad que me faltaba.
Mi hermano Siso era mucho mayor que yo y el más viejo de los hermanos; alto y huesudo. Se veía más flaco porque siempre se ponía unas camisas que le quedaban grandes y le colgaban como pencas secas. Tenía la cabeza amarrada con el pañuelo de muchos colores que usaba a diario para identificarse con Papá Legbá, Ogún Balenyó y los demás Misterios radá, y lucía el anillo de metal en el dedo meñique que le regaló Mamá Yoyó, que yo quería y que él nunca se quitaba, ni para bañarse ni para persignarse.
Siso estaba frente al altar cuando me lo dijo. Hacía un recorrido con la vista por las piezas que lo componían. Se aseguraba que todo estuviera bien para la ceremonia de esa noche. De repente giró hacia mí con los ojos vidriosos, la boca salivosa y las manos tanteando el vacío como un ciego.
—Tian, busca la silla.
No había averiguaciones que hacer. Me levanté del piso, contento por moverme de allí para evitar ver a Siso caer al suelo dando retortijones y babeando espuma. Antes llamé a mi otro hermano Lucas, el que seguía a Siso, para que se hiciera cargo. Después que, ya hacía mucho tiempo, papá abandonó a Mamá Yoyó por otra mujer, Lucas era siempre el que resolvía las cosas del hombre en la casa.
La última vez que vi la silla estaba en el patio y hacia allá me dirigí corriendo. Siso la había usado para una sesión que no necesitaba del altar, con un grupo de muchachitos que querían ver cómo él hacía desaparecer una moneda en el aire y lograba encontrarla siempre, debajo de una de las tres tapitas que nos ponía por delante. A Siso le gustaba jugar con los niños, atraerlos. Ellos son inocentes, decía, están listos para el asombro, como tú, y me pasaba la mano por la cabeza.
La silla no era nada especial. Estaba hecha de madera de pino con asiento y espaldar tejidos en guano. Una silla común y corriente que apareció un día acarreada por alguien y que Siso usó, le gustó y no abandonó jamás, alegando que tenía un guanguá “muy fuerte, muy bueno, muy temerario”; un guanguá que en ese momento me desafiaba, pues la silla no apareció en el patio ni en ningún otro lugar donde registré. Recuerdo como ahora las discusiones que Mamá Yoyó y Siso tuvieron sobre la silla. Mamá Yoyó quería que Siso la pintara de rojo o verde con dibujos como los que poníamos en los tabiques exteriores de nuestros bohíos, para que luciera “más bonita” y fuera una atracción a los espíritus y un regocijo para los que venían a las sesiones. Siso se negó; dijo que la quería tal y como había llegado, que así tenía más poder, y así se quedó. Lo único que la diferenciaba de otras sillas parecidas eran siete hendiduras pequeñitas que Siso le hizo en forma circular con una cuchilla ceremonial y que representaban a los siete espíritus del saber; pero éstas apenas se notaban; había que conocer el lugar donde estaban. Yo las había visto muchas veces, ocultas en la parte inferior de una de los travesaños del espaldar. Siso las hizo para poseerla, para que el poder de la silla fuera de él y de más nadie.
Después de rastrear por un rato la silla me convencí que no iba a aparecer de una vez, porque de alguna manera se había esfumado de los lugares donde podía estar. Entonces decidí averiguar si Siso se había repuesto de su mal y cogí para donde él estaba. Lo tenían echado en el suelo, boca arriba. Lo rodeaban Mamá Yoyó, Lucas y el “aspirante”, un tipo llamado Ceceo, que se presentó diciendo que quería ser discípulo de Siso y que Siso aceptó después de una invocación a Papá Legbá. En ese momento Mamá Yoyó le pasaba a Siso un trapo con esencias por la frente.
Siso respiraba bien. Después de esos ataques epilépticos (el nombre y las peculiaridades de la enfermedad los conocí después), él tenía que reposar por un tiempo; pero oía, veía, olía y entendía todo lo que pasaba a su alrededor. Mamá Yoyó aseguraba que era un espíritu innominado que se le metía, un espíritu maligno, un Misterio guedé; pero Siso se negaba a aceptarlo. Él decía que no había visión premonitoria durante estos ataques, que todo se volvía oscuro y nada más. Es un mal del cuerpo, le aseguraba a Mamá Yoyó. Cúreme con medicinas, mamá. Pero nadie conocía las medicinas para curarlo. Es un mal de ojo que te echaron cuando tú eras chiquito, insistía Mamá Yoyó, protestando la inconsciencia del hijo por no querer reconocer la realidad del “guanguá”. Entonces, ¿por qué me premió el Gran Poder de Dios haciéndome servidor de los Misterios?, rebatía Siso, obligándola a callar.
Yo veía todo lo que le hacían a Siso desde el umbral de la puerta donde me mantuve escondido. No podía ir donde Siso a decirle que la silla se había evaporado. Mi misión era encontrarla donde estuviera, para eso hizo Siso los manoteos en el vacío y las imprecaciones silentes. Luego me ordenó buscarla y se desplomó, haciendo contorsiones y mordiéndose la lengua. Él sabía lo que me pedía.
Salí corriendo de la casa sin rumbo definido. El abuelo Vicente venía del vecindario alarmado por la noticia sobre el ataque de Siso y nos tropezamos.
—¡Muchachito del carajo!, ¿para dónde es que tú vas que te llevas de encuentro a la gente?
Le expliqué.
—¡Diablo! —el abuelo se rascó la cabeza—. ¿Y cómo pudo desaparecer esa silla?
Yo me quedé contemplándolo con interés, esperando su orientación. El abuelo era famoso por sus adivinaciones y formaba parte del grupo de los ancianos en las reuniones que se hacían con los mellizos venerados Plinio y Pedro Ventura, cuando toda la gente del lugar iba en peregrinación a la Agüita, por San Juan de la Maguana, donde ellos hacían las ceremonias de purificación. Por el paraje donde vivíamos en Solera Abajo, todos éramos seguidores de Liborio, el Santo.
El abuelo concluyó.
—¡Bueno! ¡Las sillas tienen patas, pero no caminan!
Eso lo sabía yo.
—¿Qué hago, abuelo?
El abuelo quedó caviloso.
—¿Cuándo fue que trajeron esta silla aquí?
Yo no estaba demasiado seguro de saber eso. Dije lo que me vino a la mente.
—Fue el día en que Siso invocó a Belié Balcán y sanó y protegió al recién nacido.
Se trató de una ocasión excepcional. Una mamá llorosa trajo a un bebé con un alfiler atravesado en la garganta. En el hospital le dijeron que había que operarlo, pero no garantizaban que el bebé aguantaría la operación, y ella se lo llevó a Siso como último recurso para salvarlo. Siso lo logró. Después de la invocación que le hizo al Misterio el alfiler se zafó de la garganta del bebé sin que nadie lo tocara.
—No lo que pasó, sino el día. ¿Qué día era?
Traté de identificar la fecha. Hacía ya mucho tiempo, yo era muy chiquito.
—Fue el día de los muertos —un poco adivinaba, inventaba más bien.
—¡Ahí está!
El día de los muertos es del Barón del Cementerio. Nadie puede invocar a otro Ser sin consultárselo.
—¡Pero Siso hizo los signos al Barón cuando llegó la doña con el muchachito! Lo único que después convocó a Belié Balcán para sanarlo.
—¡Ahí está! —rebatió el abuelo—. Hay que hacer algo.
El abuelo me dio la espalda y se dirigió hacia el camino vecinal que pasaba cerca. Yo lo seguí.
—¿Adónde vamos, abuelo?
—Sígueme y rézale a Tinyó Alahué.
El Purificador.
Yo no conocía entonces las invocaciones a Tinyó Alahué ni las plegarias a san Rafael Arcángel, el Santo identificado con ese Misterio, y sólo se me ocurrió repetir mil veces la oración que me vino a la mente: Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, que yo rezaba de noche antes de dormir y que me pareció muy adecuada para la ocasión, no sé si para garantizar mi seguridad, calmar mi estado de ánimo o propiciar la solución al enigma de la desaparición de la silla.
El abuelo y yo andamos un rato por el camino, evitando los charcos de agua sucia y los trechos de lodo resbaladizo que aparecían aquí y allá. Había llovido fuertemente la noche anterior y la mitad de esa mañana, y el resultado era una humedad persistente por dondequiera, en el camino, en los árboles, en el aire. Me imaginé que por eso el abuelo invocaba la ayuda de Tinyó Alahué, el dios de las aguas. Dejé de imaginarlo cuando el abuelo se detuvo frente a un árbol de hojas moradas, cortó un montón y las ensartó en un cordón que traía, haciendo un redondel o corona.
—Ahora sólo falta conseguir las florecitas rosadas que crecen pegadas a la casa del compadre Eloy.
Eran los colores de Tinyó Alahué. El abuelo iba a invocar al Misterio. Pero ¿cómo? ¿dónde? No me pregunté “para qué” porque yo sabía.
Pasamos por el bohío del compadre Eloy y arrancamos las florecitas rosadas. Mientras lo hacíamos el compadre Eloy le dijo al abuelo que tuviéramos cuidado al cruzar la cañada de Volcadura, pues estaba inundada con una corriente violenta que lo arrastraba todo. Los dos hombres discutieron por dónde era mejor desviarse para pasarla, y entonces yo adiviné adónde íbamos. Había un recodo donde la cañada formaba un remanso no muy profundo (no tapaba a nadie, aunque corrían historias de ahogados y aparecidos), aislado por taludes rocosos y mucha vegetación.
Seguimos nuestro camino después que el abuelo y yo recogimos todas las florecitas rosadas que pudimos. Las metimos en una caja vacía, no muy grande, entregada por el compadre Eloy, que no preguntó para qué la queríamos ni qué haríamos con ellas.
—¿Qué tú rezas, Tian? —el abuelo notó que yo movía los labios.
Le dije.
—No. Reza conmigo —y recitamos la plegaria que va: Santísimo Príncipe de Gloria y Poderoso Arcángel San Rafael, grande en los bienes de la naturaleza, grande en el poder contra los demonios, grande en la dignidad, grande en su humildad, magistral de Dios…
Era una oración para proteger de las enfermedades; pero el abuelo Vicente parecía que eso no lo tomaba en consideración. Si era que íbamos tras la solución a la desaparición de la silla de Siso, ya yo no estaba seguro. A menos que la enfermedad de Siso tuviera algo que ver con la silla.
Pronto llegamos a la cañada. Efectivamente, en la hondonada pasaba un torbellino de agua turbia que impedía el paso. El abuelo me haló por un brazo para que siguiéramos un sendero en lo alto, a lo largo de la cañada.
—Hay una charca más adelante.
Anduvimos un trecho hasta que encontramos el remanso. Descendimos la cuesta y llegamos a la orilla. El agua allí era menos turbulenta, pero siempre turbia.
No había gente en los alrededores. El abuelo se quitó la ropa y se metió en el agua haciendo los gestos para que yo lo siguiera. Caminó hasta que el agua le dio por la cintura; entonces se arrodilló y se hundió hasta el pecho. Yo me desnudé, luego lo seguí hasta donde estaba, me arrodillé junto a él y quedé con el agua hasta el cuello.
—Tinyó Alahué es un Misterio poderoso. Tú tienes la sensibilidad para invocarlo. Hazlo —el abuelo me puso en la cabeza la corona de hojas moradas y en las manos la caja con florecitas rosadas.
Yo quedé horrorizado.
—Hazlo, Tian. Yo estoy aquí contigo para ayudarte. Convoca al Misterio. Él te ayudará a encontrar la silla de Siso y a hacer que Siso sane. Riega las florecitas rosadas a tu alrededor. Tinyó Alahué vendrá al círculo.
Era mi destino, seguir los pasos de Siso. Mamá Yoyó, Lucas, mis tíos y mis primos, el abuelo, todos en la familia me lo decían: Siso quiere que tú seas su aspirante. Cuando me lo decían yo decía: Pero Ceceo es el aspirante de Siso; entonces me respondían: Ceceo no se va a quedar; él vuelve a su paraje; y yo decía: Eso dicen, pero hay que ver.
Ahora el abuelo me obligaba a un ritual improvisado de invocación.
El abuelo comenzó el cántico.
—Ay Ave Maguía Tinyó.
—Alahué —respondía yo.
—Sube la montaña y tu va ve a Papá Tinyó.
—Alahué.
No sé cuántas veces repetí el coro a la invocación que hacía el abuelo. De repente me percaté que quien convocaba al espíritu era yo.
Entonces me hundí en el agua y me convertí en un ser líquido que se escurría como mancha transparente entre las aguas turbias del remanso. Sentí cuando la corona de hojas moradas se separaba de mi cabeza y las florecitas rosadas a mi alrededor formaban un círculo perfecto alrededor de ésta; me percaté cuando ambas, hojas y flores, tomaban rumbo al fondo hacia una profundidad que no podía existir porque el remanso no era tan hondo; pero allá iban las hojas y las flores, perceptibles, decididas, encarriladas, como una fuga de intrusos en una materia fértil, y yo las seguía. Entonces vi la silla. Estaba donde nadie podía encontrarla, enterrada a la vera del árbol de guaguasí en cuyas ramas se enrosca Damballah Wedo, la serpiente magnánima, sonámbula e invisible. La habían colocado allí para hacerle daño a Siso. Un “servidor” rival o un enemigo cualquiera. Todo había sido revelado.
Después.
Yo no estoy tan seguro que el Ser me poseyera. No estaba convencido que yo fuese quien pronunciara la invocación al Misterio; no la conocía. Fue como un desdoblamiento en el cual el abuelo era yo y yo el abuelo, y todo se trastrocaba una y otra vez. El abuelo dice que sí, que el Misterio entró en mí y me guió hacia donde yo debía buscar, que yo fui “servidor” y “caballo” como debe ocurrir en la primera posesión ritual, que en ese momento yo había sido señalado para rendir servicios a los Misterios.
—¡Pero, abuelo! ¿cómo fue que no me ahogué? —yo insistía en que mi travesía por el agua sólo podía ser una visión, no una posesión.
—Hijo mío, cuando el Misterio entró en ti se te viraron los ojos, respiraste fuerte, te hundiste en el agua por un buen rato, más de lo que puede resistir un hombre, y saliste refrescado y riente, cantando la gloria de Tinyó Alahué, y eso fue todo. El Misterio te poseyó. Tú eres como Siso.
¡Ahí estaba! ¡Una vez más, en un sólo día, me anunciaban que sería hungán! Me toqué los dientes delanteros con mi dedo índice, pensativo. Luego reaccioné.
—Vamos a buscar la silla, abuelo, a ver si está donde indicó el Misterio.
No se lo dije al abuelo; pero además de encontrar la silla, yo perseguía otra cosa. Quería comprobar si en este acto de fe Tinyó Alahué había conferido a Siso el beneficio de la curación. Una vez hallada la silla, el milagro de la sanación debía ocurrir. Sería la constatación de todo.

No volaron mariposas negras en el camino de vuelta en procura de la silla, sólo nos poseyó el anhelo de la culminación.

Dimensionando a Dios

(Anónimo: Duarte)

Por Manuel Salvador Gautier

CONTENIDO
1. Contraportada
2. Fragmento del capítulo VI “Convencimiento”



CONTRAPORTADA


El 1 de agosto de 2010 cumple 80 años el intelectual dominicano Manuel Salvador Gautier, quien, en su trayectoria de vida, ha dejado una estela de logros en el campo de la arquitectura y la literatura. Un grupo de instituciones ha formado el Comité Nacional MSG 80, donde, durante todo el año, cada institución patrocinará un evento para difundir la obra narrativa del intelectual.
Editorial Santuario se une a esta celebración con la publicación de las obras inéditas de Manuel Salvador Gautier.
Dimensionando a Dios es la primera de estas obras.
En esta novela, Gautier trata sobre la estadía de Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria, en Barcelona, España, de 1829 a 1831, cuando fue a realizar estudios superiores a la edad de diecisiete años. Poco se conoce sobre este período de la vida del Patricio. En los Apuntes de Rosa Duarte sobre los datos biográficos de su hermano, aparecen dos anécdotas. En la primera, la autora explica que Juan Pablo decidió libertar a su Patria cuando el Capitán del buque en donde iba hacia América del Norte lo ofendió preguntándole si los dominicanos no reconocían que eran cobardes y serviles por inclinar la cabeza bajo el yugo de sus esclavos. Esta acusación causó tal rabia en Juan Pablo, que juró luchar, a partir de entonces, por la libertad de su Patria. La segunda anécdota trata sobre la respuesta que Juan Pablo dio cuando, a su retorno al país, le preguntaron que era lo que en sus viajes le había llamado más su atención y le había agradado, “los fueros y libertades de Barcelona, fueros y libertades que nosotros un día daremos a nuestra patria”, respondió sin titubeos el recién llegado. Sin embargo, para Gautier, estas dos anécdotas no bastaban para montar una novela con trama y conflictos. Encontró lo que buscaba en la obra que presentó en enero de 2009 Leonor de Ayala G. Duarte, tataranieta de Vicente Celestino Duarte, hermano de Juan Pablo, donde la autora expone los resultados de la investigación que hizo en Barcelona sobre la estadía de Juan Pablo en esa ciudad. Según determinó esta dama, en el único lugar donde Duarte pudo estudiar por dos años lo que se dice que estudió (Latín, etc.) fue en el Seminario Conciliar de Barcelona, donde se forman los sacerdote catalanes. Para Gautier, Duarte fue a Barcelona a estudiar sacerdocio. El escritor desarrolla la novela alrededor del conflicto que se crea en el interior de Duarte entre el Duarte-sacerdote y el Duarte-libertador, que pudo haberle durado toda su vida.
El tiempo en que Duarte vivió en Barcelona está dentro de lo que la historia española llama “La década ominosa”, de 1823 a 1833, el período de terror con el cual Fernando VII quiso dominar las ansias de autonomía de los catalanes y en el cual se formaron sociedades secretas para combatir su absolutismo e imponer la independencia de Catalunya como una nueva nación europea. Basada en estos hechos reales y supuestos, Gautier nos presenta a un Juan Pablo Duarte ambicioso, decidido, a veces violento, que, desde el Seminario, se involucra en una intriga en la cual él se acerca a una de esas sociedades secretas y, junto con un compañero seminarista, estudia los fueros de Cataluña y las constituciones de Francia y Estados Unidos, con el fin de redactar una constitución que sirva al nuevo país independiente. De esta manera, Gautier dramatiza la manera en que la estadía de Duarte en Barcelona influyó en Duarte para crear la Sociedad Secreta La Trinitaria y para proponer, en 1844, una constitución donde el Padre de la Patria crea un cuarto poder, el provincial (regional), que impediría la concentración de autoridad en el Poder Ejecutivo. Para Duarte, el poder y, sobre todo, el desarrollo de su país, debían ser establecidos por los ciudadanos desde la instancia más cercana a sus intereses, la región donde viven.
Dimensionando a Dios no es una obra más para glorificar la hazaña independentista lograda por Juan Pablo Duarte, de la cual todos los dominicanos nos sentimos orgullosos. Es también una novela que nos pone a reflexionar sobre las motivaciones de un hombre que asimiló y resolvió el gran tema que preocupaba a sus conciudadanos: cómo convertir a su país en un estado libre, constitucional e institucional. Es una reflexión que todavía preocupa a los dominicanos.


Fragmento del Capítulo VI
CONVENCIMIENTO

Terminé de leer a San Agustín y me inquieté. Mis conclusiones las debía discutir con don Infrando, pero a quien tengo cerca es a don Miquel. Me han surgido cuestionamientos. Estamos en el siglo V, y el Imperio Romano ya solo existe aislado y desprotegido, prácticamente aniquilado, lo que significa también la aniquilación del emperador papa que creó Constantino. San Agustín es el pensador que propone separar al papa, obispo de Roma, del emperador romano. Surge así un papa sobre la tierra con poder independiente para dirigir la obra de Dios entre los creyentes y paganos. Con este golpe magistral, San Agustín logra que sobreviva una religión que ya estaba en entredicho acosada por las herejías populares de Arrio y Pelagio, por eso los católicos lo consideren el padre de la Iglesia. San Agustín es africano, expuesto a todas las corrientes del saber en esos momentos. Es, además, astuto; sabe que para imponer aquello que propone, en ciertas cosas debe exigir e imponer y en otras, ceder. En la consolidación del poder omnímodo del papa y de la nueva Iglesia, acepta la adopción de ritos, costumbres y pensamientos de religiones, filosofías y doctrinas paganas; esto es, asimila el absolutismo del imperialismo romano, las fiestas mítricas y los pensamientos filosóficos de Platón y Aristóteles. Mis cuestionamientos son: ¿hasta qué punto la espiritualidad de la doctrina religiosa que se depuraba en esos momentos fue usada tan solo como un medio para lo que se pretendía, o sea, recuperar el poder material absoluto? Y otra cosa: el mantenimiento de ese absolutismo, ¿no refuerza el gran problema de la humanidad, el sometimiento de muchos por unos cuantos, y propicia que lo adopten otros dirigentes en distintas esferas de poder? La ciudad de Dios parece más una ciudad terrenal para atrapar hombres y territorios y someterlos con dogmas, que una propuesta espiritual para alcanzar a Dios. Las contradicciones de esta religión católica a la que pretendo dedicar mi vida me abruman de nuevo y me ponen a dudar si debo continuar con mis estudios. Don Infrando me ha colocado una víbora venenosa en las manos.
Deseo discutir mis dudas con don Miquel, pero tengo reservas. Hasta ahora, solo ha compartido conmigo sus estudios de los fueros y las constituciones liberales, y algún que otro comentario para aclarar aún más su relación con don Pau y don Jaume.
Esto último fue muy ilustrativo. Don Miquel me contó cómo tres imberbes agresivos terminaron involucrándose en una secta secreta. En la lucha contra el absolutismo, el ejemplo que siguieron fue el de un tío de Pau, que lo combatió hasta morir. Al principio, los mozos hacían cosas como embarrar paredes con consignas sediciosas o confundir a la guarnición con direcciones equívocas, cuando preguntaban por alguien que venían a apresar, y daban la de un prostíbulo donde, en combinación con los mozos, los recibían con grandes manifestaciones de júbilo y los entretenían, mientras alguien avisaba al perseguido. En la “torre” que domina el barrio, el “caballero comunero” que reclutaba adeptos supo en lo que ellos andaban y les propuso entrar a la secta como miembros (cuando hablé sobre esto con don Pau, me dio otra versión en la que había una persona en la secta que los conocía y los llamó, alguien que había sido amigo de su tío). Fue en esta coyuntura que don Miquel rehusó seguir con los otros dos y escogió el sacerdocio; había advertido que los conspiradores de la “comunería” no eran suficientemente rigurosos y que adoptaban métodos iguales o peores a los que usaban sus enemigos en su contra. Entre ellos mismos, era espantosa la criminalidad. Al entrar, juraban entregar su cuello al cuchillo, sus restos al fuego y sus cenizas al viento si no daban muerte a cualquiera a quien la secta declarase traidor. Según pudo apreciar don Miquel, esta sentencia se ejecutaba con bastante frecuencia (los comuneros hablaban hasta por los codos de sus proezas cuando consideraban que su audiencia era de confiar), ya que en la admisión de nuevos miembros lo importante era la cantidad no la calidad, y se llenaron las “torres” con hombres desaprensivos, que revelaban los secretos de mayor trascendencia de la secta a sus queridas y hasta a los soplones y eran prontamente ejecutados por los “primos”, como se llamaban entre ellos, cuando se descubría. Don Pau y don Jaume no le temieron a estas contingencias: sabían que había gente en la Secta que los protegerían. La actitud de don Miquel pareció una cobardía a los demás; mas para él, era una cuestión de entereza moral (sus dos amigos lo entendieron también así, mas no dejaron de insistir con él para que se uniera a ellos, habían compartido demasiadas cosas juntos).
Me impacta la actitud de don Miquel, la apoyo. El rechazo al atropello gratuito lo comparto con mi compañero seminarista, a quien cada vez aprecio más; ya no soy el mocito prepotente que enfrentaba a su oponente gordo y lo amenazaba de muerte. Vamos. Pienso que hay otras maneras; sin embargo, vacilo un poco. Me he preguntado con demasiada frecuencia: ¿puede evitarse la violencia para conquistar la libertad de un pueblo? ¿Cómo obtener la adhesión absoluta de los seguidores a una causa? ¡Hay tantos intereses de por medio! ¿Cómo lograr que todos quieran lo mismo?
Tengo a don Miquel frente a mí; le he expuesto mis inquietudes sobre la obra de San Agustín.
—En sus deliberaciones sobre el drama de Calderón, usted tocó el tema del libre albedrío. Pau dice que la verdadera dimensión de Dios es ese libre albedrío y que para deshacer este entuerto, nos toca a todos actuar debidamente bajo sus dictámenes. Para él, todas esas historias terribles sobre la Iglesia solo son demostraciones de un uso improcedente del libre albedrío y lo que prueban es que el hombre ha construido a un Dios a su imagen y semejanza y no como consta en la Biblia, en el primer capítulo de Génesis, versículo veintiséis: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Por mi parte, pienso que debemos buscar la dimensión de Dios en nuestra fe. Me siento preparado ahora, don Juan Pablo. Es usted el primero a quien lo confío: redactaré la constitución liberal como la siento, dando al hombre lo que es del hombre y a Dios lo que es de Dios, como señaló nuestro Señor Jesús, Sacerdote y Buen Pastor.
La decisión de don Miquel me estremece.
—¿Y cómo es eso?
—Haré como San Agustín, reconstruiré los poderes de una colectividad; pero esta vez olvidando que hay un Imperio por rescatar y rehacer, riquezas para disfrutar y acumular y autoridad para conquistar y someter. La constitución de los liberales de Catalunya demostrará al mundo cómo debe regirse la convivencia humana.
—¿Y si los directivos que deben aprobarla la considera inaplicable y le solicitan reformarla o, simplemente, la rechazan?
—Quedará como un paradigma de referencia.
Me admiro. No sé cuál de nosotros dos es más idealista, pero andamos cerca.
Don Felipe se enteró por doña Esclarí sobre mi acercamiento a la secta de catalanes sediciosos y me llamó la atención. Ya venía con sospechas desde que supo de mi conexión con don Pau Almaguer, me dijo. Me exigió mayor juicio y prudencia en mi comportamiento. Me recordó que un tutor no puede asumir las responsabilidades de guiar a su pupilo si este le oculta lo que hace. Lo sentí poco convincente como inquisidor y me di cuenta que, en el fondo, no deseaba reprocharme. ¿Qué haces, hermanito? ¿Qué haces? No hay duda de que el espantoso incidente con el capitán norteamericano y el papel de mensajero que protagonizó en el intercambio de pareceres que tuvimos Vicente y yo lo habían convencido de mi decisión de alcanzar la independencia de mi país… ¡Y me apoyaba! Traté de manejar la situación con diplomacia, para no ofenderlo; en realidad, le tengo gran estima. Llegamos a un acuerdo: en lo adelante, todo lo que hiciera en esos menesteres se lo consultaría, y así él sabría cómo orientarme para evitar que me involucrara en algo más peligroso. Lo que ha hecho hasta ahora, la redacción de una constitución, no me parece de gran valor ni es una gran tarea, me señaló: ¡Vamos! ¿No se da cuenta? Una constitución pueden cambiarla en cualquier momento; ya ocurrió con la del 12. Eso sí, respeto a quienes la idean, y añadió, con gran autoridad y convencimiento: lo importante es tener el dominio del poder.
Dios me protege: en los aspectos políticos don Felipe me asesora (un poco a lo Maquiavelo, quizás), como don Infrando hace en los espirituales (un tanto con sentido práctico, no hay dudas). ¡Quién lo diría! Debiera estar satisfecho, mas algo me inquieta. ¿Podrán mis dos consejeros, en realidad, guiarme hacia la solución de los dilemas que me acosan? La respuesta es: solo yo puedo hacer eso, solo yo.
Estoy de regreso en el Seminario. Me siento complacido; es como entregarme de nuevo a un hábito deseado. Me da una gran alegría encontrarme con Jordi; lo abrazo, hablamos. Esta vez no estaremos juntos en la misma habitación; mi compañero será Javier Palau, quien hizo de San Cipriano en el drama de Calderón. Me juntan ahora con lo más selecto de la promoción.
Don Infrando está entre los preceptores que reciben a los seminaristas. No demuestra gran regocijo al verme, y no me afecta. Sé que su temperamento no le permite exteriorizar las emociones que siente.
—Prepárese para orientar a los neófitos —me recuerda.
Noto a don Miquel entre los novicios. Nos saludamos con una sonrisa. Ya no podré hablar con él, aunque lo veré a menudo en la celda de nuestro director espiritual. Debe estar al terminar la redacción de la constitución catalana. Hubo otra tertulia donde doña Esclarí, y allá le entregaron los requerimientos que hacía la secta secreta para escribir el documento que adoptaría Catalunya, una vez libre, con el fin de legalizar sus actos. No compaginan con lo que me propongo hacer, don Juan Pablo, me dijo. ¿Y qué ha determinado entonces?, le pregunté. Haré lo que le dije que haría. ¿Y no es mejor discutirlo y llegar a un acuerdo? No aceptó lo que le sugerí, pero tampoco lo rechazó. Ya veremos, dijo. Vamos. Me preocupé y se lo hice saber. Me dijo que esperara a que terminara de redactar el documento, entonces yo vería. En eso llegó el momento de volver al Seminario. Trataré de comunicarme con don Jaume en el bosquecito para averiguar en qué está todo o, a lo mejor, don Miquel y yo rompamos las reglas y hablemos de vez en cuando en algún rincón del Seminario.
¡Juan Pablo!
Mi conciencia se indigna por mis atentados al irrespeto y a la desobediencia. Y me doy cuenta. Quizás me halla corrompido. Quizás comience a transigir. Quizás no sea tan íntegro como me considero. Debo revisarme. Estoy seguro que don Miquel entregará una constitución como piensa que debe ser. Yo no puedo hacer menos. Lucharé por la creación de un país que responda a los principios más puros del hombre; lucharé por la libertad, la igualdad y la fraternidad, los tres preceptos que los franceses formularon en su Revolución y que les ha sido tan difícil de imponer, después de cuatro décadas tratando de hacerlo.
Me rodean mis compañeros seminaristas, mis preceptores. Asisto a las actividades del primer día: la distribución de las habitaciones y su ocupación, la asamblea de apertura de clases, la misa para dar gracias a Jesús Sacerdote y Buen Pastor por haber vuelto a su lado para que nos guíe en nuestra formación religiosa. Todo parece habitual, normal. Pero no hay tal. Soy distinto y percibo las cosas de otra manera a como lo hacía antes. He vuelto al Seminario transformado. Cuando llegué por primera vez, anticipaba con ingenuidad la manera en que tendría que adaptarme a situaciones inéditas entre desconocidos a quienes debería obediencia, esto así, si quería alcanzar la meta que me había propuesto. Contaba con mi inteligencia y mi preparación, sin entender que no bastaba mi voluntad para lograrla, que alrededor mío se tejerían habladurías e intrigas que podrían afectarme si no las tomaba en consideración. De eso, me protegió don Infrando; tengo que agradecérselo. Ahora anticipo el avispero de intereses que se mueven en una institución que prepara el futuro de servidores de Dios, los cuales deberán mantener el status quo de la Iglesia, pero, sobre todo, tendrán la obligación de cuidar su supervivencia. Cargo una situación personal que debo manejar con sumo cuidado. Tengo que esforzarme para no actuar como lo hacía de pequeño, que echaba a un lado lo que no me complacía. He tenido una iniciativa y debo completarla. Regreso al Seminario para tratar nueva vez de formarme como sacerdote, a no darme por vencido sobre una decisión que tomé y que debo satisfacer. Es mi soberbia, que no acabo de controlar. Me justifico por mi desliz. Quizás, cuando asumí esa decisión en Santo Domingo, me dejé llevar por mis preceptores religiosos y no oí a quienes debía, a mi padre, don Juan José, y a mi hermano Vicente, especialmente a él. Fui testarudo. Pero ya no estoy condicionado de igual manera. No dependo de nadie, y ahora aplico mi libre albedrío sin desmedro del bagaje que traigo. Tengo varios mundos que bullen en mi mente, el de cada lengua que hablo, el de cada concepto que he asimilado, el de cada decisión que he tomado.
¡Juan Pablo!
De nuevo mi conciencia me alerta sobre mis posibles desvíos. Está vigilante, más que nunca. En cambio, mis ángeles han vuelto y me alientan a no desanimarme, a perseverar en mis propósitos.
Esa noche, busco mi atalaya, me acomodo en el hueco de la ventana abierta. Me ha tocado una habitación de segunda planta que da frente al bosquecito, como la anterior.
Javier me pregunta qué hago.
—Medito —replico, y él da una vuelta en su lecho y se dispone a dormir.
Miro hacia el infinito, anhelo la cercanía de Dios que antes tenía. Y llega; me inspira; devela uno de los enigmas que me acosan. Me afecta profundamente el importe de su significado; me conmueve, porque me orienta definitivamente hacia lo que busco.
Lo acojo, lo retengo en la mente.
Reza como sigue:
La dimensión verdadera de Dios es la libertad y el pecado más oscuro es el sometimiento del hombre por el hombre. Es una verdad revelada hace ya más de trescientos años a un fraile dominico, fray Antón de Montesinos, en Santo Domingo. En el sermón de adviento que dio en 1511 a los señores esclavistas, conquistadores de América, la lanzó, solo que, entonces, no le hicieron mucho caso. Dijo: Para os dar a conocer los pecados que cometéis contra los indios me he subido aquí, yo soy voz de Cristo en el desierto de esta isla y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos la oigáis... Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?
Pienso en Vicente. ¿Qué haces, hermanito? ¿Qué haces?
Y esta vez le respondo. Ideo una secta secreta y una consigna para nuestra causa, hermano:
Dios, Patria y Libertad.