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Sunday, February 14, 2010

Urías

(Chiqui Mendoza: Gaga danzante)


Ganador del Segundo Premio, Sección Narrativa del Primo Premio “Citta di Viareggio Il Molo”, patrocinado por la Editora Il Molo, en Viareggio Italia, traducción al italiano de María Antonietta Ferro.

Por Manuel Salvador Gautier


Santa Biblia, 2 Samuel, cap. 11, vers .13, 14
13. Y David lo convidó (a Urías) a comer y a beber con él, hasta embriagarlo. Y él salió a la tarde a dormir en su cama con los siervos del señor; mas no descendió a su casa.
14. Venida la mañana, escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano de Urías.

Yo, Urías heteo, soy un hombre de bien. Un soldado. Pertenezco al cuerpo de caballería del ejército de la casa de Israel. En ocasiones, he guiado una carroza, aunque este artefacto de guerra no es mi fuerte; me siento más cómodo encima del caballo. He engrosado las primeras filas de muchas batallas, dispuesto a morir por la magnificencia de nuestro rey David, la supremacía del Arca de la Alianza y la gloria de los pueblos de nuestro Dios Jehová. He salido ileso todas las veces que entré en combate, si se descartan las heridas de jabalina y de flecha que recibí, sin que me impidieran seguir adelante, y que fueron tratadas y sanaron en un tiempo prudente. Las llevo con orgullo. Siempre me defendí con denuedo; nunca me sorprendieron desprevenido. Mis compañeros de armas me consideran un hombre de suerte. Y, quizás, lo he sido… Hasta ahora.
En este momento, salgo del palacio de nuestro rey David en Jerusalén, después de una reunión con él, y llevo conmigo un mensaje del Rey al jefe militar Joab, al frente de las huestes que asedian a Rabá, la ciudad real de los amonitas. Como en otras ocasiones recientes en que nos hemos visto, en esta reunión el Rey me trató con tacto y tuvo conmigo muchas atenciones. Mientras tomábamos de un vino exquisito y comíamos frutas deliciosas de una enorme fuente delante de él, el Rey proclamó su admiración por los siervos que, como yo, han demostrado absoluta lealtad a su persona y al Dios Jehová. Considera el Rey que un ejército formado por hombres de ese tesón, difícilmente pierde una campaña. Le creo; estoy de acuerdo. Sólo que yo sé la razón que lo mueve a hacer este tipo de comentario que me favorece. Le respondí que, en el ejército, son muchos los siervos con mis virtudes que darían sus vidas por él y por el Dios Jehová; y añadí que sus siervos lo consideramos el más grande conquistador que hayamos tenido jamás, por propiciar la ocupación de territorios que producen enormes riquezas para los pueblos de Israel y de Judá, de manera que estos se sientan, realmente, los pueblos elegidos del Dios Jehová. El Rey sonrió conmovido: le gustan las lisonjas; es humano, como lo somos todos nosotros. Es, además, inhumano, como también lo somos todos.
Cuando, hace apenas unos días, nuestro rey David dio instrucciones al jefe militar Joab de enviarme a Jerusalén, yo conocía el motivo. Aquellos que permanecen en nuestras poblaciones no tienen idea de lo rápido que llegan al campo de guerra las noticias de lo que ocurre por allá y, más aún, cuando se trata de algún escándalo provocado por el Rey. Entre los oficiales y los soldados, la comidilla palaciega más reciente era la historia de la mujer que se bañaba en la azotea de su casa y que el Rey divisó desde una ventana alta de su mansión, la mandó a buscar y la poseyó. Hasta yo me reí cuando la oí contar, dispuesto a celebrar las aventuras del hombre mujeriego que es nuestro Rey. En un momento dado, me di cuenta que la historia de la mujer en la azotea tenía que ver conmigo. Nadie me trató la relación; noté, tan sólo, que, después de comentado el chisme por primera vez delante de mí, ninguno de los compañeros a mi alrededor estaba dispuesto a compartirlo conmigo de nuevo. Hablé con el oficial a cargo del correo, un viejo amigo de muchas lides: él había estado en Jerusalén últimamente y debía saber todos los detalles del caso. Le expuse mi inquietud. “¿Quién es la mujer? ”, le pregunté, sin más rodeos. El amigo me dio el nombre y me dijo más, me informó que la mujer estaba encinta del Rey. Me recomendó prudencia. Era Betsabé, mi consorte.
No es la primera vez que Betsabé me traiciona; pero, al menos, las otras veces lo hizo con sujetos que pude eliminar. Yo disimulaba una ofensa cualquiera con el individuo en cuestión para provocar un duelo que yo siempre ganaba, pues soy un adversario imbatible. Si esto no era conveniente, yo pagaba sicarios para que despacharan al individuo lejos de mi casa, de manera que no cayeran sospechas sobre mi familia, especialmente, sobre Betsabé. Así limpiaba mi honor.
Esta vez era inadmisible adoptar una de esas opciones, pues el Rey, para un soldado, es intocable. Además, nuestro Rey David está muy bien custodiado. De hecho, las veces que estuvimos juntos en su palacio había varios miembros de su escolta muy cerca de nosotros. Cualquier movimiento extraño que yo hiciera, me inmovilizaban.
Yo, Urías heteo, soy un hombre de bien. Un soldado. Admito que, para ser un regicida, hay que convertirse en un rebelde que desafíe la autoridad del Rey, y yo no lo soy. Siempre obedeceré las órdenes de guerra que se me den. Las órdenes de guerra, no las artimañas para engatusarme.
He pensado mucho en Betsabé. La considero una mujer de grandes recursos, fuera y dentro de la cama. Hay algo que la favorece enormemente: ella se mantiene siempre muy hermosa. Agrada volver del campo de guerra, donde lo que aparece para entretenerse son esclavas o prostitutas que, realmente, no dan gusto, y llegar a nuestra casa para encontrar a una mujer que se prepara tan sólo para dar placer y que produce sensaciones y reacciones carnales que sorprenden y deleitan. Creo comprender qué fue lo que la motivó a proceder como lo hizo. Pienso que Betsabé se aburría sin ningún hombre a quien atender. Averiguó que el Rey estaba en la ciudad, lo cual no es muy frecuente, y se propuso conquistarlo. Todos en Jerusalén saben que el Rey se asoma a contemplar lo que ocurre en las calles desde la ventana más alta de su palacio; Betsabé definió su objetivo contando con esto. Posiblemente, ella se bañó en la azotea de nuestra casa dos o tres veces al día, esperando que, en una de estas, el Rey la divisara. Estoy seguro que no eran simples baños, sino verdaderos despliegues de un cuerpo femenino al desnudo, en contorsiones de danzas eróticas, para deslumbrar al hombre más timorato. Fue una meta muy osada, que ella logró. Luego, para permanecer al lado del Rey, consiguió que este la fecundara. El Rey siempre ha sido consecuente con las mujeres que le dan hijos, aunque no a todos ellos los reconozca como tales. Para mantener las apariencias frente a los ancianos de las tribus, especialmente, ante el profeta Natán, había que simular que el hijo de Betsabé no procedía del Rey, y esta consideración me afectó de manera directa, pues, supuestamente, yo debía ser el padre, lo cual era imposible, pues, mientras Betsabé y el Rey se revolcaban, yo estaba en el campo de guerra. Ciertamente, Betsabé no pensó en mí en todo este asunto. Ella nunca piensa en mí cuando decide enredarse con otro hombre.
Había una manera sencilla de salir del embrollo. Yo sólo tenía que acostarme con Betsabé tan pronto llegara del campo de guerra, sorprenderme cuando ella me dijera, un mes después, que estaba embarazada, y dejar que ella y el Rey siguieran sus relaciones, sin estorbarlos; pero no pude hacerlo. No pude acatar el plan de un Rey desvergonzado que toma las esposas de sus soldados mientras estos despliegan las tiendas de la casa de Israel frente a sus enemigos y entran en combate, defendiendo el Arca de la Alianza y los pueblos del Dios Jehová. Un Rey así no merece respeto ni consideración como persona. Hice todo lo contrario a lo que él esperaba de mí. Me di ese gusto, aunque sea el último que me dé en la vida. Soy un marido engañado que rehúsa entenderse con el hombre que lo engaña; pero que, como soldado, obedecerá las órdenes militares del Rey.
El rey David trazó un plan muy sencillo contra mi honra. Me llamó a su lado; me hizo creer que yo era el portador de importantes noticias del campo de guerra; me preguntó por detalles sobre las defensas del enemigo en Rabá, la ciudad real; requirió mi opinión sobre cómo combatirlas; dio suma importancia a mis observaciones y redactó unas notas que supuestamente haría llegar a nuestro jefe militar Joab, relacionadas con lo que yo había recomendado. Luego me despachó. “Desciende a tu casa y lava tus pies”, me dijo. Al salir, recibí un presente de la mesa real. El Rey inflaba mi orgullo y llenaba mi bolsillo. Yo debía correr donde Betsabé y poseerla, pero yo estaba predispuesto. En vez de seguir el plan del Rey, dormí a la puerta de su palacio, en una de las camas asignadas a las tropas de la guarnición. Cuando el Rey lo supo, me llamó de nuevo y me preguntó la razón por la que no había descendido a mi casa. Le respondí muy sencillamente y creo que contundentemente. Dije: “El Arca e Israel y Judá están bajo tiendas, y mi señor Joab, y los siervos de mi señor, en el campo; ¿y había yo de entrar a mi casa para comer y beber, y a dormir con mi mujer? Por vida tuya, y por vida de tu alma, que no haré tal cosa”. Temí, por un momento, que el Rey se enfureciera con mi respuesta. No fue así. El Rey me miró con una sonrisa en los labios, llamó a un soldado de su escolta, le dio unas instrucciones al oído, entonces giró hacia mí y me ordenó permanecer en Jerusalén unos días más, para, luego, despacharme a Rabá, la ciudad real, con órdenes bélicas frescas para el jefe militar Joab. Su plan ahora era embriagarme, para enviarme borracho a mi casa, y, habiendo yo poseído o no a Betsabé, propagar que yo la había fecundado. Esta artimaña no funcionó. El Rey podía inducirme a tomar todo el vino que él quisiera, que yo estaba preparado para aguantarlo y ver caer a mi lado, uno por uno, a los que me acompañaban, incluyendo al propio Rey. En el ejército hacemos apuestas al que más cantidad tome de vino o de cualquier otro licor; los despliegues de borrachos no nos hacen mella. A mí, el exceso de copas me coge con pelear. Cada vez que uno de los miembros de la escolta del Rey, creyéndome totalmente embriagado, intentaba cargar conmigo y llevarme a la fuerza a mi casa, yo me resistía y lo frenaba. Consciente o embriagado, soy un combatiente invencible. Cuando terminó la escancia, me acosté de nuevo en una de las camas a la puerta del palacio.
Finalmente el Rey desistió de su plan, y aquí estoy, portador de un mensaje suyo al jefe militar Joab. He decidido abrirlo para comprobar si contiene lo que presumo. Al Rey no le queda más remedio que mandarme a matar; de otra manera, jamás podría hacer suya a Betsabé y convertirla en una de sus esposas, la única alternativa que tiene para disminuir el escándalo y seguir poseyéndola sin mayores inconvenientes.
Trato de calmarme. Leo.
Efectivamente. El mensaje instruye al jefe militar Joab a tomar una medida de guerra que significa mi eliminación física. Dispone iniciar el asedio final a Rabá, la ciudad real, y añade, muy escuetamente: “Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiraos de él, para que sea herido y muera”. Del contenido de este mensaje, me consuela y me enorgullece, a la vez, que el Rey ponderó algunas de las recomendaciones que le hice y ordena al jefe militar Joab que las ejecute.
Con este mensaje, mi suerte está definida. Haré lo que tenga que hacer. Si he estado dispuesto, durante todos estos tiempos, a morir por nuestro Rey David, por la supremacía del Arca de la Alianza y por los pueblos de nuestro Dios Jehová, ahora es preciso que esté dispuesto a morir por mí mismo, por una causa absolutamente mía: por mi integridad y por mi honor.
Yo, Urías heteo, soy un hombre de bien. Un soldado. En el próximo avance sobre Rabá, la ciudad real, cumpliré con la orden de nuestro Rey David. Acepto la muerte en combate que propone. Es la que me corresponde. Penetraré a galope por entre las huestes amonitas y repartiré golpes y lanzazos hasta que mis brazos no puedan más. Avanzaré hasta el pie de las murallas, al alcance de las flechas enemigas y, entonces, sin titubeos, mostraré mi pecho desnudo para que una o más de estas flechas penetre en mi corazón. Sólo así dejaré de ser invencible. Caeré en batalla; pero nadie podrá enrostrarme que prevariqué ante el Rey, aceptando un plan que me haría miserable por el resto de mis días. Moriré con honor y dignidad y seré respetado por los siglos de los siglos como un hombre que fue engañado, mas que actuó dignamente.
Mi último deseo es que el hijo del rey David, nacido de Betsabé, sea escogido, algún día, heredero a la corona de entre los tantos hijos del Rey y pueda gobernar la casa de Israel con justicia y con honor, por la magnificencia de nuestro Rey y la gloria de los pueblos de nuestro Dios Jehová. Así, mi sacrificio tendrá sentido. Para ello, confío en las intrigas de Betsabé, que sabrá poner a su hijo en confinamiento hasta que se dé la ocasión propicia para promoverlo; también en la voluntad de nuestro Rey David de mantenerse con vida y en usufructo del poder hasta que la vejez lo aniquile, por lo cual ha eliminado ya y eliminará a todos los que pretenden suplantarlo, sean estos sus hijos, sus siervos o sus enemigos.

Santa Biblia, 2 Samuel, cap. 12, vers. 24
24. Y consoló David a Betsabé su mujer, y llegándose a ella durmió con ella; ella dio a luz un hijo, y llamó su nombre Salomón, al cual amó Jehová”


Puerto Plata, Ateneo Insular, Febrero de 2005
Publicado en español en
El Ideal Interiorista, Teoría estética y creación literaria
Antología de Bruno Rosario Candelier
Ateneo Insular, Moca, República Dominicana, 2005
Publicado en italiano en Antología 2005
Narrativa —Poesia
1° premio Citta de Viareggio Il Molo
Prima edizione * Edizione Il Molo, 2005

Un romo sancochao


(Chiqui Mendoza: Parejas)

Por Manuel Salvador Gautier

A Erwin Cott


La vida está llena de misterios, como dice el locutor de la radio con su voz melódica y profunda, acompañado por los solemnes compases del “Largo” de Mendelssohn.
Pude comprobarlo de la manera más increíble.
En la clínica, tengo varios pacientes —mansos y cimarrones, blancos y negros—, pero llega un momento en que los veo a todos iguales. Me cansan; me canso. Por eso, inventé pasar los domingos en reposo, tomando ron en un campito que compré a veinte minutos de la Capital donde hay muchos árboles y pasa un río. Ahí me sentaba en medio del agua y dejaba transcurrir la vida. Xilia, mi mujer, se ocupaba de proveerme de tragos y de preparar el sancocho en la casita que está a cierta distancia de la poza. Ella sabía. No había niños ni emergencias ni nada. Sólo yo, los tragos, el agua, el sancocho y Xilia. Ordenado de esa manera, era el paraíso.
El misterio empezó el día en que se me ocurrió invitar a Tito. Tú lo conoces, el hombre más serio del mundo. Es mi hermano de padre y madre, nos criamos juntos, dormimos por años en la misma habitación y todo lo que quieras, pero, ¡compadre!, asfixia a la gente con su sensibilidad. Desde pequeño fue así. Por supuesto, a él fue que le salió el abuelito Payeyo la madrugada en que murió y a él fue que tía Aminta llamó, una noche oscura, para que invocara a las doce en punto el espíritu de tío Miguelito, su marido. Bueno. Esas son historias pasadas. Mélida, la mujer de Tito, se juntó con Xilia y comentó que su marido vivía angustiado, no dormía bien, en fin. Xilia me lo contó a mí, y la próxima vez que vi a mi hermano lo abracé, me aseguré rápidamente de que no tenía ninguna enfermedad visible, noté su "amargue" y lo invité.
—Tito, mira, la mejor manera de joder las preocupaciones es metiéndote un "romo sancochao". El domingo te espero en el campito. No dejes de ir.
Fue una combinación. Xilia llamó a Mélida para asegurarse de que Tito fuera y Mélida se ocupó de llevarlo.
Nos metimos en la poza. Xilia nos puso unos tragos en la mano y santo remedio. Al tercero Tito estaba cantando una canción de cuando enamoró a Mélida. Al quinto comenzó a dar brincos río arriba y abajo. Al fin, salió a relucir su problema. No era tan serio. Tenía una deuda con un banco y le correspondía hacer un pago, pero no le alcanzaba el dinero y se vería obligado a hipotecar la casa. La solución era cobrar lo que le debían a él, pero no lograba que le pagaran.
—Tito, habérmelo dicho antes. Tengo un paciente que te va a resolver eso.
Efectivamente, hablé con mi paciente, uno de los gerentes del banco, y el asunto se resolvió a conveniencia de todos.
El domingo siguiente Tito se presentó en el campito a darme las gracias. Fuimos a la poza y nos pusimos a hablar. Ya llevábamos varios tragos cuando surgió el tema de los espíritus.
—Tato, ¿qué pensaste la noche que mamá me sacó de la cama para llevarme donde tía Aminta?
En realidad no pensé nada. Después que mamá me mandó a dormir, hice exactamente lo que me pidió; pero Tito no quería oír eso. Para él, aquello había sido una experiencia traumática.
—Me desvelé. ¿No te conté? —dije. Y entramos en los misterios de la transmutación de los muertos, los zombies y demás condiciones de los muertos-vivos, que son fenómenos imposibles de comprobar, pero que, querámoslo o no, nos persiguen en el subconsciente. Finalmente, enfoqué el tema de la parapsicología, que me fascinaba, y terminé, no sé cómo, con el cuento de la ciguapa. Bueno. El ron le hace a uno eso y más.
Mientras yo pontificaba sentado sobre una piedra cubierta con jeroglíficos indígenas, mi hermano, sumergido en el agua con su trago en la mano, se desentendía del tiempo, del espacio y de todo lo que yo decía. No notamos que había un hombre espiándonos entre los árboles con una borrachera más grande que la de Tito y mía juntos. Tan pronto mencioné la ciguapa, el hombre soltó un grito y salió de entre los árboles. Sin demostrar sorpresa, me volteé y lo miré fijamente. El hombre palideció y se arrodilló. Yo alcé mi vaso; me sentía un sacerdote del misterio.
—Te bendigo por toda la eternidad —dije asumiendo el gesto del Bautista, y le eché un chorro de ron por la cabeza que el hombre trató de aparar en la boca. Son de esas cosas que pasan, difíciles de explicar después.
El hombre se fue de bruces, cayó dentro del agua cuan largo era y siguió flotando en la corriente, río abajo, como si fuera una hoja de yagrumo, con la camisa desabotonada esparcida a su derredor. Noté que una piedra lo desvió hacia una playa del río donde varó. Se quedó ahí, tranquilo, boca arriba, con el agua lamiéndole los pantalones de fuerte azul y las alpargatas de cabuya, hasta que una de estas se le zafó. Luego no lo vi más.
Tito me asegura que él no se dio cuenta de nada y, para mí, que todo había sido una alucinación provocada por nuestra conversación. Xilia y Mélida nos llamaron para ir a comer el sancocho, y a mí hasta se me olvidó el asunto.
El domingo siguiente estaba sentado en la misma piedra con mi trago en la mano, apenas comenzado, cuando se presentó el hombre. Recordé, de golpe, su aparición anterior. Esta vez no estaba borracho, pero se arrodilló igual que antes. Tras de él, entre hombres y mujeres, había alrededor de ocho personas.
—Doctor —dijo (me conocía)—, aquí le traigo a mi mujer, a mis hijos y a sus mujeres, para que los bendiga como hizo conmigo y les cuente lo que contó.
Hablaba como inspirado. Me hizo gracia y decidí divertirme.
—Hay una condición —dije (todos se arrodillaron para oírme)—. Cada uno tiene que traerme un pote de ron y bebérselo de un sólo tiro delante de mí.
A ninguno le pareció una encomienda extraña. Es más, los hombres tenían sus chatas que sacaron de sus bolsillos como por encanto agitándolas frente a mí. Tomaron, tomamos. Hice una invocación a no sé cuál manifestación de lo desconocido. Mi auditorio estaba atento, esperando ¿qué?... ¿un sermón?, ¿un milagro?.
Comencé a sentir lo absurdo de la situación. Para entretenerme, aprovechaba cínicamente la ignorancia de unos infelices atrapados en su superstición. Pero ya no podía echarme para atrás. Deseé que Xilia llegara para romper el encantamiento y despedirlos. Esto no ocurrió.
Tomé una decisión; cerré los ojos.
—La rubia —dije como en éxtasis—, que salga.
Claro, no había rubias. Eran todos una partida de mulatos iguales a mí, algunos más prietos, otros más blancos. Quería confundirlos para deshacer el trance. Pero el hombre no se amilanó y empujó a una mujer hacia el frente. Era la más clara de todas y la más joven. Me desconcerté. Sin proponérmelo extendí las manos y la toqué. Tan pronto lo hice, la mujer se transfiguró. Tembló de pies a cabeza, hasta que, poseída por el espíritu, se tiró al suelo y comenzó a moverse lujuriosamente.
Para mí, fue un acto terrible que me enfrentaba con una iniquidad de la que siempre quise escapar desde los tiempos de abuelito Payeyo y de tía Aminta, cuando me negué a ser un crédulo más. Para los otros fue una ceremonia reveladora, y así la cantaron, con salves cuyas letras improvisaban.
Xilia llegó en el momento en que la mujer se había repuesto y me contemplaba con adoración. A Xilia la rodearon, la hicieron cantar, y ella, confiada, disfrutó como una adolescente. Al final, hablé con el hombre a solas y creí que lo había convencido para que ni él ni ninguno de sus familiares volviera más.
Esfuerzo inútil.
Cuando llegué al campito el domingo siguiente, me sorprendió encontrar varios autobuses desvencijados, en fila, a lo largo de la carretera. El hombre había organizado la llegada de unas doscientas personas que me esperaban cerca de la piedra cubierta de jeroglíficos. Vino respetuosamente donde mí. Me dijo que todos deseaban que yo los bautizara y les explicara el misterio de la "pirilogía", cuyo significado no entendí inmediatamente hasta que lo deduje. Quería que les hablara sobre la parapsicología lo que, por fuerza, culminaba en el cuento de la ciguapa si seguía la línea de pensamiento de aquella borrachera.
Esta vez tomé una decisión seria. Me subí a la piedra con los jeroglíficos y les hablé a todos mesuradamente, revelándole lo que consideraba la verdad de aquel asunto. Finalmente, los despaché, aunque vi que muchos sacaron sus potes de ron y tomaron a pico, luego se sumergieron en el agua y se mojaron la cabeza como bautizándose ellos mismos. Era un nuevo rito que inventaban y una nueva religión que creaban, con la "pirilogía" como base y la ciguapa como centro. Resultaba demasiado triste esto, demasiado patético. Xilia y yo discutimos el asunto y decidimos convertir la casa de madera del campito en un consultorio, donde atendemos a la gente de los alrededores en las primeras horas del domingo. El hombre es el que está a cargo ganando sus chelitos, como parece que fue su intención cuando se inventó la "pirilogía". De esta no se habla en mi presencia, aunque sé que a mis espaldas el hombre da algunas explicaciones que dejan sobrecogidos a nuestros pacientes. Por ejemplo, sobre las ciguapas dice que son hombres-mujeres con poderes mentales probados por la ciencia, explica que cualquiera que aprenda a dominar estos poderes puede convertirse en una y concluye que yo soy una ciguapa. Añade que el campito es el lugar preferido de estas criaturas inigualables, el único lugar que sobrevivirá en el fin del mundo, y que ese acontecimiento sólo ocurrirá cuando todas las ciguapas lo requieran con sus poderes mentales. Si lo regaño por disparatar de esa manera, el hombre dice que hay que conocer la mentalidad de nuestra gente, que cree en todo.
A veces no sé qué pensar. El otro día decidí despedir al hombre para no verlo más. Cuando se lo dije a Xilia, ella me preguntó si no me había fijado que tenía los pies al revés y rio.
En definitiva, por huirle a mis pacientes de la ciudad, ahora tengo cientos más en el campo, con la seguridad de que vendrán otros. La culpa fue del "romo sancochao".
Mi hermano Tito, siempre el serio y sensitivo, ahora burlándose un poco, dice que ese percance en el río se lo debo al espíritu de abuelito Payeyo que me guió hacia el bien, para que no siguiera en mi perdición "romística" que sólo me llevaba a las dolorosas delicias del delirium tremens. Puede ser. Yo, de abuelito, lo único que recuerdo, así, personalmente, son los alones de oreja que me daba. Pero, lo reconozco, la vida está llena de misterios como dice el pensamiento retórico que el locutor de la radio lee con su voz melódica y profunda, acompañado por los compases solemnes del Largo de Mendelssohn.
1998

La Venus hierática


(Velázquez: Venus)


Por Manuel Salvador Gautier

"Deslumbradora de hermosura y gracia..."
Fabio Fiallo



Llovía. La noté de repente, cuando el autobús en que yo viajaba quiso rebasar una camioneta y no pudo. Era muy hermosa. Estaba agazapada en una esquina de la cama del vehículo, recostada contra la cabina. La cabeza de un joven delante de mí me impedía verla de lleno, y yo no podía apreciar bien su cuerpo. Aún así, lo imaginaba ceñido por la ropa mojada como una piel que sobraba. Llovía, y yo no comprendía cómo los que iban dentro de la cabina de la camioneta podían dejarla abandonada, así, a una intemperie de viento y agua, sin ningún miramiento. Quería protegerla, cuidarla. En mi mente, no podía permitir que siguiera expuesta al azote de la naturaleza. Sin embargo, a ella no parecía importarle. Iba con la cabeza erguida, soberbia; miraba hacia adelante, con una tranquilidad y una serenidad imperturbables. Era tan hermosa, tan perfecta, intocable... como una Venus hierática.
El autobús trató de rebasar otra vez la camioneta y no pudo. Ella miró hacia un lado de la carretera, luego hacia el otro; abarcaba el paisaje, ignoraba el afán del autobús de rebasar. La lluvia seguía copiosa, la castigaba con su violencia. Yo trataba de adivinar sus formas, comprobar lo que imaginaba. Intenté verla mejor; pero la cabeza del joven de espaldas a mí me obstaculizaba. La muchacha se había convertido en una obsesión para mí. Deseaba poseerla, acapararla, absorberla. Era muy hermosa, perfecta, intocable... como una Venus hierática.
El autobús comenzó a rebasar la camioneta. El joven delante de mí movió la cabeza y vi su rostro. Intentaba hacer contacto con ella. Le hacía musarañas con la boca, con los ojos, con la frente; la incitaba, buscaba atraerla. Aceché la reacción de ella. Seguía soberbia, imperturbable, los ojos fijos hacia delante, desentendida de lo que ocurría a su alrededor. Era tan hermosa, tan perfecta, intocable... como una Venus hierática.
En el rebase, el joven le hizo una última morisqueta, luego alzó su mano e hizo un saludo lento de despedida, como quien ha sido vencido y no espera nada de su adversario.
Ella lo miró, plegó la frente, hizo una mueca burlona con la boca... y le sacó la lengua. El joven estalló en risa y le lanzó un beso al aire, soplado con picardía.
Yo suspiré, aturdido, desilusionado.
Siempre me pasa eso. En las cosas más importantes de la vida, busco la perfección y sólo encuentro humanidad. Soy un iluso.