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Thursday, August 11, 2011

32c La hermosa Serenada de Manuel Salvador Gautier


LA HERMOSA SERENADA DE MANUEL SALVADOR GAUTIER

MANUEL GARCÍA VERDECIA


Por Manuel García Verdecia
En Holguín, 24 de julio de 2011


Con Serenata, Manuel Salvador Gautier nos ha regalado una hermosa novela. Lo es no solo por la historia que cuenta sino en mucho por la manera en que la narra. La obra constituye una suerte de retablo donde asoman incidental y convenientemente según los intereses expresivos del autor personajes de la historia fundacional de República Dominicana. En este caso se trata de la familia Henríquez-Ureña, cepa de patriotas e intelectuales que fijaron pautas trascendentes para el desarrollo de la civilidad y el pensamiento en esa nación. La obra de estos intelectuales, sin embargo, rebasa los límites de la pequeña mediaisla, y logra significativo impacto en todo el ámbito hispanoamericano, particularmente para los cubanos por lo que representó Cuba en sus vidas.

Gautier es arquitecto. No es un dato aquí accesorio. Esto quiere decir que se trata de un profesional con un sentido de la estructura y su función. Toda novela es una edificación cuya eficacia depende en mucho de cómo se organizan y combinan los elementos que soportan sus espacios de significación. Serenata constituye un grácil, dinámico y funcional palacete renacentista. Lo es por lo racional de su diseño, por el ritmo que articula sus componentes, por la penetración humanista que realza al hombre que lo habita. El mismo está conformado por un núcleo habitacional central, con claridad y lógica de altos ventanales que relata sucesos de las vidas de sus personajes en precisas datas reveladoras: 1878, 1890, 1901,1916… Este núcleo se conecta con aireadas galerías que se extienden en varias direcciones del tiempo y el espacio, las que permiten la incorporación de las estaciones de la memoria. Todo el edificio está presidido por un pórtico recoleto y lírico, que ofrece la alta tensión del tema que se trata. Este concepto constructivo permite disfrutar de la obra con plenitud de lo vital , lo ético y lo estético.

Hay que decirlo pronto, estamos ante una novela de amor. Ese es su tema y la gravedad aglutinadora de sus episodios. Ya el título denuncia esa pretensión romántica, de tonada enamorada y nocturna con que se quiere comunicar el objeto de interés. Sin embargo no es una novela de amor al uso, con fórmulas melosas y adocenadas. Se trata de un amor complejo y arduo, entre seres que ponen su pasión en caminos que se bifurcan pero no circunscriben, seres que piensan, sienten y se comprometen, se entregan abrasadoramente pero no pierden contacto con el mundo que los ciñe y reclama. Porque no es solo el amor a la persona con quien se quiere cabalgar por las sabanas de la vida. Es también al espacio donde el individuo alcanza la amplitud de su horizonte y su entramado con el otro, la patria. Así mismo, es también el amor a un proyecto de vida, a aquello por donde la persona se realiza como criatura sensible y pensante. Ser amado, patria y obra, son las extensiones de ese amor inspirador, eléctrico y edificante que aquí se canta desde la noche de la memoria.

La historia se cuenta desde tres perspectivas. La primera se denomina “Fabulación” y abre cada capítulo. La segunda está signada con un año y, ocasionalmente, un lugar. La tercera está imbricada dentro de la segunda y ocurre ad libitum, como un destello que se abre a otros tiempos y anécdotas concomitantes. El plano de las “Fabulaciones” es narrado en primera persona, en consonancia con el tono íntimo e intensamente lírico que lo constituye. El que relata un año preciso, se narra en segunda persona, de manera que el sujeto Francisco, está recibiendo el designio que se le impone desde la narración, o sea, desde el destino. Mientras tanto, los fragmentos en que la memoria cruza por la historia, con su manera liberal, se cuentan en tercera omnisciente, o sea, la memoria guarda todo y puede acceder a lo más íntimo y lo más distante, a los diversos tiempos, recolocando y relacionando todo. Aquí comprobamos la sagacidad del autor para, quebrando el espejo que enfoca en trozos apartes, obtener distintos ángulos que enriquecen el nivel de riqueza anecdótica y consecuente sugerencia.

La novela relata cuadros esenciales de la vida de Federico Henríquez y Carvajal. Los acoge en un arco que va desde 1878 hasta 1959, o sea, trasciende el ciclo biológico de su personaje, en simbólica intensión (visible en esa calle en medio del tráfago cotidiano e indiferente a la pompa demagógica que en el presente sostiene su nombre) de reflejar dónde ha ido a parar todo aquel empeño. Esto presupone dos cosas. En primer lugar que, como astros de un mismo sistema, entran en conjunción las vidas de Salomé Ureña y de los hijos de ambos, Pedro y Max, de modo que hay chispazos que nos iluminan segmentos importantes de las biografías de estos. En segundo término, al tratarse de la existencia de alguien cuya vida y obra estuvieron tan ligados a los destinos de su país, pues recorremos un tramo fundamental en el proceso de formación de esa nación.

Conocemos de la educación familiar en el hogar de los Henríquez, donde la madre juega un rol primordial (esta novela rinde constante tributo a la mujer criolla), el encuentro con y el definitivo deslumbramiento por Salomé, los intentos de Francisco para estudiar medicina y hacer una vida profesional próspera, las vicisitudes para mantener la familia así como para estar reunidos a pesar de los avatares políticos en que se veía inmerso, las relaciones distintas pero, a su manera, igual de amorosas con ambos hijos, tensas con Pedro, intensas con Max, el desempeño de Pancho para pacificar el país y lograr la unidad, su papel luego tratando de evitar la bancarrota ante el descontrol financiero de Lilís, su actitud vertical contra el anexionismo y el intervencionismo norteamericano. Pero también están sus amoríos ocultos y constantes, donde sobresale Constante, la parisina, en un duradero romance que le va a florecer en una hija, así como sus obsesiones y vicios. Se nos hace visible un hombre pleno de atenciones y sueños, alguien que ama la vida en sus más diversas expresiones y por eso es el ser atrevido, tenaz, sensible, atento y dedicado que es. Asomarnos a la vida de Francisco Henríquez Carvajal es vislumbrar las simientes de lo que sería el desarrollo histórico de la nación dominicana, con sus caudillos caprichosos, su inestable economía acechada por sus aventuras políticas, sus inevitables conflictos con el vecino país afro-francés y, decisivo, el acechante ojo rapaz del imperial vecino del Norte.

Sin embargo, la novela no solo refleja el componente político donde se involucra Francisco Henríquez sino que se nos presenta aspectos que dan señas del modo de vida de sus conciudadanos, de ciertas costumbres, del lenguaje popular, del accionar económico en que se ven insertos, en fin, que el panorama intenta brindar la mayor riqueza contextual. Ya se ha dicho que la novela es el intento de una totalidad. Es precisamente en la tentativa de reflejar lo subjetivo y lo objetivo, lo individual y lo colectivo, lo épico y lo lírico, lo social y lo psicológico, que se verifica el aporte de esta obra escueta pero intensa.

Hay un aspecto esencial a destacar. La narración sigue como con un foco teatral los avatares de la existencia de Francisco, sin embargo, uno siente a través de todo el texto la presencia inminente, sustantiva, determinante de Salomé Ureña. El novelista ha logrado, por virtud de los materiales biográficos que escoge, de las sutilezas narrativas que emplea así como de la solidaria perspectiva que asume, que uno respire en cada página el aroma fecundo de Salomé. Su inteligencia, su perspicacia para atinar su puesto en un mundo de varones pero donde su voluntad e inteligencia le ganan el respeto y un ángulo protagónico, su fuerza cohesiva para impedir el fraccionamiento del hogar, su estrategia de llevar familia y patria como asuntos paralelos, con igual ímpetu y sensibilidad, su devoción y su arte para convocar y fundar mediante la poesía y la pedagogía, emanan de la obra como los vapores de un campo recién llovido a mediodía. Por todo esto, podríamos decir que más que la novela de Francisco Henríquez y Carvajal es la aventura de la fuerza estimulante y germinativa de Salomé reflejada en los actos de aquel.

Un componente compositivo esencial es la utilización y el tejido del documento histórico y lo estrictamente imaginativo. El autor se ha apoyado básicamente en la correspondencia de la familia Henríquez Ureña. Bien se sabe que la epístola es un género íntimo, escrito para determinado ser al cual el escribiente expone sus actos, ideas y emociones. Por tanto, brinda una riquísima esfera de conocimiento acerca de la persona. El novelista ha sabido entresacar para su relato aquellos aspectos que arrojan más luces sobre la individualidad de sus personajes. En los diálogos se hace también visible el hábil manejo de las cartas, confiriéndole cercanía y legitimidad. Sin embargo, no es un mero trabajo de cortar y pegar información. La imaginación del autor ha logrado devolver dinamismo, coherencia y vivacidad a los fríos datos recogidos en los documentos. Lo fáctico y lo ficticio se han recombinado vigorosamente.

No obstante, si bien la simbiosis documento y ficción sirve para conformar una base veraz de lo que se cuenta, el autor consigue una obra atractiva y cercana. No se trata de presentar héroes epopéyicos. Hay bastante del antihéroe en esta historia. Veamos si no los celos de Francisco ante el talento de Salomé, su fácil corazón para amores eventuales, sus contradicciones con el hijo mayor, sus indecisiones en ciertas ocasiones, etc. Al presentar el personaje con sus veleidades y caprichos no busca el novelista estrictamente un modo de allegarnos al personaje histórico y hacérnoslo convincente. Se trata de una manera de exponer la rica complejidad de un carácter, de hacernos entender que la historia la hacen seres asaetados por una pasión pero que no dejan de tener carne sufriente y mente contradictoria.

La hermosa Serenata que entona Manuel Salvador Gautier es una lectura que nos deja el regusto de los grandes asuntos de una nación y, a la vez, de los pequeños, multitudinarios conflictos del hombre común, ese que ha sido depositado sobre este globo solitario para fundar obra y hallar un amor que alivie su desamparo. Mucho aprendemos de Francisco Henríquez Carvajal y su devoción por Salomé Ureña, pero también sobre ese hombre que intenta lo imposible y que todos, de un modo u otro, llevamos dentro.

32b Santo Domingo: Paisaje, Amistad, Libros




Manuel García Verdecia y amigos

Manuel García-Verdecia
En Holguín, a 29 de mayo de 2011


El martes 3 de mayo bajo un aguacero macondino arribaba yo a Santo Domingo. Era mi primera visita a la capital caribeña y el aeropuerto Las Américas me abría su regazo con gentil calidez. Al cruzar los inexorables controles y atravesar con mis bártulos la puerta de salida, encontré gestos, gritos, rostros, que me hacían pensar que no había salido de Cuba. Sin embargo había cruzado ampliamente el Caribe. Por esas circunstancias surrealistas que nos rigen, volé de Holguín a la Habana, de la Habana a Ciudad Panamá y de ahí a Santo Domingo, en un periplo que me alejaba para acercarme. Lo tremendo, nadie me estaba esperando, como dijo Guillén. Y ya sabe el que ha viajado lo que es hallarse en esta desheredada condición.
Llamándome a la serenidad me dirigí hacia un buró de atención al viajero, donde una beldad de verdad me atendió simpáticamente e hizo las llamadas pertinentes. Al rato un joven que derramaba sonrisas y disculpas vino a sacarme del aeropuerto. Una confusión lo había apartado de su empresa. Bajo la plomiza cortina de agua viajamos hacia la ciudad. Las calles parecían ríos por los que navegaban pomos, vasos, cartones, todos los rezagos que la civilización actual fabrica y luego tira inconsciente para agravio de la naturaleza.
Santo Domingo es una bella ciudad, mimada por el mar que la orla y defiende. Un mar que en las mañanas es de plata y en las tardes de oro. La avenida que lo acompaña está sombreada de palmas canas y otra vegetación menor que le confieren una mayor gracia que la de nuestro duro malecón habanero. Hermosos edificios y plazas entusiasman y exultan. Sin embargo, pronto algún dato imprevisto (un destartalado taxi –un conchero–, un desprovisto buhonero, un mendigo, un sitio mal preservado…) nos recuerda que estamos en una ciudad del mundo subdesarrollado, un lugar que quiere alzarse definitivamente pero años de depredación socioeconómica lo rezagan como un lastre indeseado. Es, por tanto ciudad de contrastes, opulentas torres de edificios y lujosas yipetas de último modelo van mano a mano de seres que pululan para solventar la supervivencia. Sin embargo, junto con los dones naturales que próvidamente Dios les regaló (montañas, verdores, caprichosa fauna activa, delicioso mar), son las personas el mejor agasajo de esta media isla. Seres gozosos, amables, fraternos y abiertos que se hermanan con facilidad.
Llegaba a la Capital Primada de América invitado por el Ministerio de Cultura para participar en los actos de la XIV Feria Internacional del Libro. Mi amiga, la poeta, dramaturga y narradora, Chiqui Vicioso –dominicana por nacimiento, cubana por vocación y caribeña por esencia–, a quien había conocido en las más insólitas y simpáticas aventuras durante el Festival de Poesía de Medellín 2008, había formulado la propuesta. La Feria, que se erige cada año como el acontecimiento cultural más fervoroso y expansivo del país, llama la atención por la versatilidad de sus propuestas y la magnitud de sus acciones. Bajo el lema “¡Leer te lleva lejos!” –este año emblematizado por una barca de letras que incitaba, “Embárcate”–, sus espacios y acciones se despliegan por toda la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte. Es un vistoso recinto arbolado donde a los favores de la naturaleza se junta la esplendidez de las construcciones añadidas por el hombre. Entre el Teatro Nacional, el Museo de Arte Moderno y el de Historia Natural, un semillero de pintorescos quioscos y elegantes espacios expositivos florecía.
Como todo suceso originado y conducido por el hombre, no deja de tener sus pifias y embrollos. Pero eso lo dejo a los de la casa para que lo ventilen. Como cubano amistoso y agradecido –en la más diáfana tradición martiana de que “criticar es amar”– prefiero hablar de aquellos instantes que me nutrieron y que se instalan definitivamente en la luz de lo memorable.
Múltiples imágenes saltan a mi interés a través de los diecinueve días que duró el festejo. Como la Feria honraba a la Santa Sede en esta ocasión, su pabellón no solo constituía un sitio admirable sino de obligatoria visita. Entre sus paredes azules y oro, presidido por una réplica de La pietà, acogía una nutrida muestra de publicaciones. Destacaba, sobre todo, el despliegue de arte religioso, la exposición de códices, incunables y libros miniados. Me llenan aún los ojos como un vuelo de mariposas los puestos de exposición y venta de las distintas editoriales, un suculento sancocho (o ajiaco) para los lectores (y un sufrimiento tantálico para el visitante escaso de “cuartos”). Entre ellos estaba para nuestro regocijo el de la Cámara del Libro de Cuba, donde lamentablemente no se representaban todas las editoriales. Interesantes resultaban las nominaciones de calles con los nombres de autores dominicanos a quienes se quería honrar en la oportunidad. Así mismo, las acciones de teatro callejero y las exposiciones motivacionales de distintas universidades, convocaban espectadores a la vez que brindaban oportuna información. Las actividades en el pabellón de autores dominicanos tenían alta demanda. Evidentemente que hay un fervor hacia los escritores nacionales, pues las presentaciones eran muy nutridas.
Un sitio especial en el recuerdo es el Café Bohemio. Allí diariamente, desde la mañana hasta las diez de la noche en que cerraba la feria (con himno nacional y todos debidamente atentos), se reunían espontáneamente numerosos autores. Entre acciones plásticas, coherente música (sobresale un grupo de jóvenes violinistas que son una promesa cierta) y un divino café helado, Irene Corporán, la encargada del espacio, hacía actos de magia porque todo marchara aceitadamente. Por su parte, el pintor cubano radicado en esa ciudad, Jimmy Verdecia, regalaba a los autores presentados con versiones plásticas de asuntos de sus obras, en telas pintadas para cubrir las mesas. Fue aquí donde conocí a muchos escritores y mantuve minuciosas horas de examen no solo a dilemas de la producción literaria, sino también de la hora peliaguda por que atraviesa nuestro mundo. El sitio se convirtió también en vértice de encuentro de los cubanos, los que viajaban para la ocasión y los que andan por allá. Allí hacíamos escala de intercambio el narrador Marcial Gala, la editora Lourdes González de Arte y Literatura y el que suscribe.
Sumamente auspiciosa fue la reunión de trabajo que facilitó Chiqui Vicioso en su esplendida casa del Barrio Colonial. Nos acompañaba, atento y sabiamente cooperativo, Fidelio Despradel, legendario líder de la revolución de abril del 65, hombre justo y dialéctico donde los hay, que felizmente es el esposo de Chiqui. Esa noche, entusiasmados por el espíritu de Lourdes, diversos intelectuales concertamos ideas con el fin de ayudar a promover la Feria del Libro de La Habana, que se dedicará al Caribe. Una acción especialmente significativa será la preparación de una antología de cuentos caribeños en edición trilingüe, para dar mayores posibilidades de lectura en las tres lenguas básicas del área, francés, inglés y español. Bajo los auspicios de la editorial que preside la habanera Lourdes González, un grupo de coordinadores (Chiqui Vicioso, Marcio Veloz Maggiolo, Earl Lovelace, Jim Pepin y este cronista) trabajaremos para lograr esta empresa de acercamiento cultural.
Precisamente en esa reunión conocí en persona al novelista Marcio Veloz Maggiolo. Ya había leído su magnifica Mosca soldado (ganadora, entre otros, del Premio José María Arguedas de Casa de las Américas 2006), pero ahora tenía la ocasión de charlar con él sobre asuntos de interés mutuo. El escritor, desde la antropología y la arqueología, ha hallado sustento para su afán de invención. Así que desmenuzamos temas como su propia obra, amplia y varia, el estado de la novela actual en América, el Caribe como ámbito cultural, la traducción y sus vicisitudes (defiende la traducción realizada por creadores, pues según él son los que pueden acertar con las sutilezas de la obra), entre muchos. Marcio apuesta por las latitudes que abre la historia, con sus grietas incógnitas, a la ficción. Intercambiamos obras y las suyas me las regaló con el consentimiento de poder publicarlas en nuestra isla.
Otro instante de altas luces fue asistir a la conferencia de Chiqui sobre la vida y la significación de la obra de Juan Bosch. Entre un público mayoritariamente escolar, la autora fue desdoblando ocultos datos de la vida del hombre, el político y el creador. Chiqui insistió en lo imperioso de adentrarse en su obra, no solo como constructor de una democracia auténtica, independiente y provista para todos los hijos del país o como cuentista atinado, sino como teórico del género, con tesis decisivas sobre su estética, así como exhaustivo estudioso de la historia del Caribe. Bosch, se intuía de lo dicho por la intelectual, no era una asignatura del pasado sino para el futuro.
En el Pabellón de Escritores Dominicanos conocí a un verdadero notable. Se trataba del arquitecto, novelista y ensayista Manuel Salvador Gautier, cariñosamente aclamado como Doi. Ponía a conocimiento del lector otra novela suya, Serenata. En esos días había recibido el Premio Nacional Feria del Libro Eduardo León Jimenes, por su obra Dimensionando a Dios, que aborda la estadía de Juan Pablo Duarte, uno de los padres fundadores dominicanos, en Barcelona entre 1829-1831. Hombre atildado, de presencia amable y habla serena, suerte de Quijote sensato, en instantes ganó mi admiración. Conversamos de arquitectura, que lo conecta con Cuba, donde ha estado y a la que admira, así como de su dedicación tardía pero eficaz a las letras. La novela que me obsequió es una imaginativa y bien tramada saga que habla de un personaje amoroso, Salomé Ureña. Con atisbos líricos desde su epistolario y expansión complementadora a partir de la ficción, el novelista nos regala un panorama de una familia con extensiones cubanas y un proceso histórico decisivo. Salomé, no fue solo poeta y maestra, esposa de un hombre proverbial, Francisco Henríquez y Carvajal, sino que ambos prohijaron una estirpe de creadores: Francisco, Pedro, Max y Camila, cuya obra también abona las letras cubanas. La cercanía y estímulo de este hombre bueno y sensible quedan entre lo más afectivo de esas jornadas.
La noche del 11 de mayo se efectuó en el mismo pabellón la lectura Voces del Caribe. Coordinada por el poeta Valentín Amaro la acción intentaba ofrecer una visión de temas y maneras de la poesía que se está escribiendo en el Caribe. Lamentablemente no llegaron a tiempo los boricuas. De modo que realizamos la lectura los poetas Jesús Cordero, Domingo Guerrero y Alexis Tallerías, de Republica Dominicana, Samuel Gregoire, Markerson Jean Batiste, Gastón Saint Fleur y Emmanuel Agenol, de Haití, así como Raysa White, Marcial Gala y este servidor, por Cuba. Pudimos comprobar la similitud de temas, dominados por la inconformidad con un ámbito estéril, la presencia del dolor –afilado y demoledor, en la excelente recitación de los haitianos, sobre todo en Agenol– y también la nostalgia de lo posible. El recital estableció una comunión inmediata y entrañable.
Uno de los momentos para mí más entrañables fue la visita a un centro de enseñanza secundaria. Como parte del Plan de Extensión de la Lectura, el miércoles 18 me llevaron a la escuela Palacio de España. Me acompañaba el narrador oral Luis Pelegrín, conocido como Cuento Bastón, que hacía de presentador y amansador de los vitales muchachos con sus chistes y poemas. En el centro, de carácter público y enclavado en un área humilde de la ciudad, nos recibió un inquieto hormiguero de jóvenes, risueños y como desconfiados de lo que haríamos. El acercamiento se me hacía interesante por lo difícil, pues no escribo para jóvenes y mi obra se enfoca sistemáticamente en la angustia y el desaliento provocados por la mezquindad de los hombres. De modo que me apoyé en mis mañas de maestro y les hablé de la importancia de la lectura para multiplicar nuestras experiencias vitales. Les fui haciendo una historia a partir de mi propia niñez pobre y solitaria, sostenida por la vocación de mis héroes literarios que me daban fuerza y sentido. Intentaba convencerlos de que somos lo que sabemos, algo de lo que nada ni nadie nos puede expropiar, y en crecimiento del ser, la lectura es una compañía segura, fértil y luminosa. En ningún otro momento me sentí tan útil ni tan arropado de comprensión y afecto. Al final venían sonrientes a darme la mano y hacerse fotos conmigo. Si hay algo que me inspira es pensar que esa mañana haya ayudado en alguna medida a fijar un pensamiento verdadero en alguna de aquellas mentes fervientes.
Casi al borde del cierre de la Feria, el jueves 19, el Auditorio del Museo de Historia Natural acogió mi conferencia, “Mario Vargas Llosa: el poder de la ficción y la ficción del poder”. Aunque había propuesto varios temas cubanos, los organizadores me solicitaron abordar al flamante Nobel. Ante una audiencia donde destacaban alumnos universitarios, periodistas y escritores (me honraban con su compañía Marcio Veloz y Doi Gautier), establecido como preámbulo que hacía aquel discurso en la fecha cuando 116 años atrás había puesto su pecho a las balas el más grande de todos los cubanos, desarrollé mi ponencia. El tema básicamente plantea que la obra de Vargas Llosa resulta una saga que describe el mecanismo y las maneras del poder, no solo del político, sino de las diversas maneras de dominación –ideológica, económica, sexual, convencional, mítica, etc. – con que unos hombres someten a otros. El novelista peruano emplea el poder de la ficción para desvelar la ficción del poder, o sea, los mecanismos subjetivos de que este se vale para prevalecer y sojuzgar. Esto lo ejemplifiqué a partir de referencias a dos obras paradigmáticas del novelista, Conversación en La Catedral y La fiesta del Chivo. Sobre esta última apunté que sabía que muchos lectores dominicanos no la aprobaban por hallar ciertas incongruencias históricas, que sin embargo, mi lectura desprejuiciada y externa, me permitía comprobar los valores esenciales de la obra de ficción, pues no se me ocurriría buscar los datos fácticos de la historia en una novela, sino las sutilezas que me acercaban a lo más intangible e indemostrable, inalcanzable para los datos pero concretable para la invención. Los comentarios no solo fueron elogiosos sino enriquecedores.
El lunes 23, tras una noche en vela en el Aeropuerto Nacional y un vuelo en el tembloroso avioncito que me devolvía a mi tierra (bien temía Lezama a esa fina lámina de aluminio que nos separa de la eternidad), regresaba al “sitio donde tan bien se está”, mi hogar. Esa tarde llovió largamente. Dicen los amigos que conmigo retornó la ansiada lluvia a estos dominios. ¡En hora buena! Ojalá sean señas promisorias de la siembra de esos días de bellos paisajes, cordial amistad y fecundos libros que resultó la XIV Feria del Libro de Santo Domingo.

32a Sobre Manuel García Verdecia

SOBRE MANUEL GARCÍA VERDECIA


Manuel García Verdecia

MANUEL GARCÍA VERDECIA nació en Holguín, Cuba, en 1953. Poeta, profesor, escritor, traductor y editor. Licenciado en Lengua Inglesa y graduado de Lengua Francesa obtuvo el grado de Máster en Cultura Cubana con una tesis sobre la narrativa de la década del 1930. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Su obra ensayística incluye autores cubanos como Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eugenio Florit, Lisandro Otero, José Soler Puig, Roberto Fernández Retamar, César López y Antón Arrufat, entre otros, e incluye a autores hispanoamericanos como Carlos Fuentes, Octavio Paz, Miguel Hernández, Tomás Segovia, Máx. Aub, María Zambrano, José Saramago y José de la Cuadra. Ha publicado La consagración de los contextos, ensayo, Premio de la Ciudad, Ediciones Holguín, 1986; La mágica palabra, ensayos, Premio de la Ciudad, Ediciones Ámbito, 1991; Incertidumbre de la lluvia, poesía, Premio de la Ciudad, Ediciones Holguín, 1993; Hebras, poesía, Editorial Lunarena, México, 2000; Meditación de Odiseo a su regreso, poesía, Premio Adelaida del Mármol, 2001; Travesías, cuentos, Ediciones Holguín, 2004; Música de viento, cuentos, Editorial Oriente, 2005; Saga de Odiseo, poesía, Editorial Unión, La Habana, 2006. Entre sus traducciones destacan Las musas inquietantes, selección de la poesía de Sylvia Plath, Editorial Holguín, 2002, Premio Nacional de Edición; Intimate strangers, antología de poesía cubano-canadiense, Editorial Hidden Brook Press, Toronto, 2004; Meridiana, novela de Alice Walker, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2004; Hojas de Hierba, de Walt Whitman, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2006 y El profeta, de Khalil Gibram, Editorial Arte y Literatura, 2006. En 2007 obtuvo el Premio José Soler Puig de novela por su obra El día de La Cruz, así como el Premio Julián del Casal por su poemario Hombre de la honda y de la piedra. En 2008 obtuvo el XIII Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, por su cuaderno Del tránsito de las almas; en el 2009, el Primer Premio del Concurso Internacional “La poesía lleva alas” de la Editorial Voces de Hoy, Miami, USA; en el 2010,Mención del Premio Casa de las Américas, género poesía, por su cuaderno Antífona de las Islas.

32 Encuentro con Manuel García Verdecia


ENCUENTRO CON MANUEL GARCÍA VERDECIA


Un hombre de Holguín, Cuba





Vistas de Holguín


Víctor Hugo Morales, directivo del Taller Literario Salomé Ureña, me pidió que participara en un panel titulado “Salomé Ureña: En cuerpo y alma, la Poeta Nacional”, junto con Chiqui Vicioso, en la XIV Feria Internacional del Libro en Santo Domingo. El panel fue fijado a las 5:00 p.m. el jueves 19 de mayo en el Pabellón de Autores Dominicanos, y allá me fui.
Chiqui llegó acompañada de Manuel García VerdeciA, un hombre que, a primera vista, lucía amable y acogedor. Chiqui nos introdujo y me explicó que Manuel, esa misma tarde, a las 7:00 p.m. tenía una conferencia titulada “Vargas Llosa: el poder de la ficción y la ficción del poder”, en el Auditorio del Museo de Historia Natural. Este es un país especial, dijo Chiqui. Manuel es un experto en la literatura de su país, Cuba, y le ponen el tema de Vargas Llosa. Manuel sonrió.
El panel sobre Salomé Ureña resultó interesantísimo con los aportes que hicimos Chiqui y yo. Al terminarse, Chiqui me invitó a que asistiera a la conferencia de Manuel. Cómo no, le dije. Voy a llevarle mi novela Serenata, para que la lea y me diga lo que piensa. Tomé del estante del Pabellón un ejemplar del libro, le hice una dedicatoria apresurada y me fui a la conferencia. Un deleite. Manuel García Verdecia, donde quiera que lo pongan, sabe lo que debe decir. Le entregué la novela. La leeré y le diré mi impresión, me dijo.
Días después, iba por la calle Hostos de la Ciudad Colonial de Santo Domingo y me encuentro con Chiqui y Manuel. Tienes que acompañarnos a mi casa, aquí cerca, dijo Chiqui. No pude decirle que no. Resulta que Chiqui se mudó a una de las casas coloniales en la callecita que pasa por el frente del Convento de los Dominicos y que ahora es peatonal. La casa es una joya arquitectónica. Hay gente que simplemente con poner una cosa aquí y otra allá crea una ambientación encantadora, y esa es Chiqui.
Manuel y yo nos sentamos a gusto. Mientras Chiqui me brindaba un jugo de tamarindo y hacía diligencias por la casa, Manuel y yo hablamos de literatura, ¿de qué otra cosa? De nuestras experiencias, de nuestros sentimientos como escritores. Fue realmente un momento muy hermoso entre dos personas que sienten lo que hacen.